ANÉCDOTA (En un papel en el escritorio de Dalia)
De ahora en adelante no esperaremos al Príncipe Azul...ahora vamos por el Lobo Feroz...porque merecemos que nos escuchen mejor, nos vean mejor y que ¡¡¡¡nos coman mejoooooor!!!
La mujer blanca se vistió de negro.
Todito negro y negro.
Hasta sus mismas pijamas y su jabón.
Negro y negro todas sus cosas.
Como la noche, como el carbón.
Pero
Cuando lloraba aquella mujer
sus lágrimas eran azules
y verdes como los periquitos.
Lloraba mucho aquella mujer
y tocaba la flauta.
La
Mujer
Blanca
Vestida
De
Negro
Llorando
Y
Tocando
Su
Flauta.
Autora: Leonora Carrington
http://www.jornada.unam.mx/2005/10/02/sem-cuentos.html
Esta es canción infantil de la que no sabemos su origen exacto pero que se ha trasmitido a través de muchas generaciones y es un ejemplo sencillo de cómo desde la antigüedad más remota se utiliza el miedo para alertar de peligros externos. Así, nuestros cuentos infantiles están plagados de cocos, hombres del saco, brujas, personajes todos ellos inspirados en la marginalidad, en la mendicidad o en la deformidad. Hombres, la mayoría mutilados, lisiados, aislados, que vivían solos en los bosques causando pavor allí donde se pasaban. De la misma manera existen personajes femeninos, las brujas, mujeres solas que sobrevivían con sus conocimientos sobre las plantas que servían para curar, para matar, para enamorar..., trasmitidas de madres a hijas. Y si a éstos unimos animales y monstruos inspirados en las bestias mitológicas, tenemos todos los personajes necesarios de nuestros cuentos, de los nuestros y de los de otros países. Sirva como ejemplo lo que nos cuenta Katerina alumna de cuarto de ESO que ha llegado de Ucrania y nos habla de Baba Yaga. BABA YAGA Baba Yaga es un personaje recurrente en el folklore ruso. Baba Yaga es una vieja huesuda y arrugada, con la nariz azul y los dientes y los pechos de piedra a la que a menudo se le da el apelativo de " la de las patas huesudas". Es un ser perverso y cruel pero no totalmente malvado; come personas, generalmente niños, desgarrándolos con los dientes y destrozándolos a golpes contra sus pechos. Adorna la valla de su casa con sus cráneos, en cuyo interior coloca velas, pero ayuda a la gente que le sirve. Guarda las "Aguas de la Vida y de la Muerte". También dirige los ciclos de la naturaleza: sus tres jinetes salen cabalgando y vuelven a la choza de Baba Yaga, el primero es blanco y representa al amanecer, el segundo es rojo es la luz brillante del sol, el tercero negro, la noche,. Baba Yaga vuela montada en un almirez y rema el aire con una mano de mortero en ocasiones una escoba. Historia Baba Yaga era la antigua diosa eslava de la tierra, antes de que los dioses rusos ascendieran al poder; sin embargo, Baba Yaga, distaba mucho de ser una diosa benévola, y usaba su poder para afligir a los mortales con penurias y hambre. Poco a poco fue degenerando hasta convertirse en la diosa del inframundo, que instaló su base en una cueva desde donde mantenía contacto con dicho mundo y poco a poco las cercanías se inundaron de un hedor insoportable. Se le considera abuela de Chert, el diablo ruso, y Koshchei, el dios de la desgracia. Poco a poco Baba Yaga se fue apartando del mundo y de los demás dioses, únicamente mantenía contacto con un grupo de mujeres, conocidas como hijas de "Baba Yaga" |
CORAZÓN DE PAPEL


En la época que fui debutante, solía ir a menudo al parque zoológico. Iba tan a menudo que conocía más a los animales que a las chicas de mi edad. Era porque quería huir del mundo, por lo que me hallaba a diario en el zoológico. El animal que mejor llegué a conocer fue una hiena joven. Ella me conocía a mí también. Era muy inteligente. Le enseñé a hablar francés y a cambio ella me enseñó su lenguaje. Así pasamos muchas horas agradables.
Mi madre había organizado un baile en mi honor para el primero de mayo. ¡Lo qué sufrí durante noches enteras! Siempre he aborrecido los bailes; sobre todo los que se daban en mi honor.
La mañana del uno de mayo de 1934, fui muy temprano a visitar a la hiena.
-¡Qué asco! -le dije-. Esta noche me toca asistir a mi baile.
-Tienes suerte -dijo ella-; a mí me encantaría ir. No sé bailar, pero en cambio sabría mantener una conversación.
-Habrá muchas cosas de comer -dije-. He visto llegar a casa carros repletos de comida.
-Y aún te quejas -replicó la hiena con desaliento-. Mírame a mí: yo sólo como una vez al día, y me tienen jeringada con tanta bazofia.
Se me ocurrió una idea audaz; estuve a punto de echarme a reír.
-No tienes más que ir en mi lugar.
-No nos parecemos lo bastante; si no, con gusto iría -dijo la hiena un poco triste.
--Escucha -dije-, con las luces de la noche no se ve muy bien. Con que te disfraces un poco, nadie se fijará en ti en medio de la multitud. Además, tenemos casi la misma estatura. Eres mi única amiga; anda, hazlo por mí. Por favor.
Se puso a pensar en esta posibilidad. Comprendí que estaba deseosa de aceptar.
-De acuerdo -dijo de repente.
No había muchos guardianes cerca, dado lo temprano de la hora. Abrí rápidamente la jaula, y en un instante estuvimos en la calle. Llamé un taxi. En casa, todo el mundo estaba aún en la cama. Una vez en mi cuarto, saqué el vestido que debía ponerme por la noche. Era un poco largo, y la hiena andaba con dificultad con mis zapatos de tacón alto. Encontré unos guantes con que ocultarle las manos, demasiado peludas para parecerse a las mías. Cuando el sol iluminó mi habitación, la hiena dio varias vueltas alrededor, andando más o menos derecha. Estábamos tan ocupadas que mi madre, que entró a darme los buenos días, estuvo a punto de abrir la puerta antes de que la hiena se escondiera debajo de la cama.
-Esta habitación huele mal -dijo mi madre, abriendo la ventana-; antes de esta noche date un baño con mis nuevas sales.
-Por supuesto -le dije.
No se entretuvo mucho. Creo que el olor era demasiado fuerte para ella.
-No te retrases para el desayuno -dijo al irse.
Lo más difícil fue encontrar un disfraz para la cara de la hiena. Estuvimos buscando horas y horas: rechazaba todas mis sugerencias. Por fin dijo:
-Creo que he encontrado la solución. ¿Tenéis criada?
-Sí -dije, perpleja.
-Pues verás: vas a llamar a la criada; cuanto entre, nos lanzamos sobre ella y le arrancamos la cara; llevaré su cara esta noche en lugar de la mía.
-No lo veo muy práctico -dije yo-. Probablemente se morirá en cuanto pierda la cara: alguien encontrará su cadáver, y nos meterán en la cárcel.
-Tengo la suficiente hambre como para comérmela -replicó la hiena.
-¿Y los huesos?
-También -dijo-. ¿Te parece bien?
-Sólo si me prometes matarla antes de arrancarle la cara. Si no, le va a doler demasiado.
-Bueno, eso me da igual.
Llamé a Marie, la criada, no sin cierto nerviosismo. Desde luego, no lo habría hecho si no odiara tanto los bailes. Cuando entró Marie, me volví de cara a la pared para no verlo. Debo reconocer que no tardó nada. Un breve grito, y se acabó. Mientras la hiena comía, estuve mirando por la ventana. Unos minutos después, dijo.
-Ya no puedo más; aún me quedan los pies, pero si tienes una bolsa, me los comeré más tarde, a lo largo del día.
-En el armario encontrarás una bolsa bordada con flores de lis. Saca los pañuelos que tiene y quédatela.
Hizo lo que le había indicado. A continuación, dijo:
-Date la vuelta ahora y mira qué guapa estoy.
Delante del espejo, la hiena se admiraba con el rostro de Marie. Se lo había comido todo cuidadosamente hasta el borde de la cara, de forma que quedaba justo lo que le hacía falta.
-Es verdad -dije-; lo has hecho muy bien.
Hacia el atardecer, cuando la hiena estuvo completamente vestida, declaró:
-Me siento en plena forma. Me da la impresión de que voy a tener un gran éxito esta noche.
Después de oír un rato la música de abajo, le dije:
-Ve ahora, y recuerda que no debes ponerte junto a mi madre: seguramente se daría cuenta de que no soy yo. Aparte de ella, no conozco a nadie. Buena suerte -le di un beso para despedirla, aunque exhalaba un olor muy fuerte.
Se había hecho de noche. Cansada por las emociones del día, cogí un libro y me senté junto a la ventana, entregándome a al paz y el descanso. Recuerdo que estaba leyendo Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Al cabo de una hora, quizá, surgió el primer signo de inquietud. Un murciélago entró por la ventana profiriendo grititos. Los murciélagos me dan un miedo espantoso. Me escondí detrás de una silla, castañeteándome los dientes. Apenas me había arrodillado, cuando un gran ruido procedente de la puerta sofocó el batir de alas. Entró mi madre, pálida de furia.
-Acabábamos de sentarnos a la mesa -dijo-, cuando el ser ese que ha ocupado tu sitio se ha levantado gritando: "Con que mi olor es un poco fuerte, ¿eh? Pues no como pasteles." A continuación se ha arrancado la cara y se la ha comido. Después ha dado un gran salto y ha desaparecido por la ventana


Tantas veces me mataron,
tantas veces me morí,
sin embargo estoy aquí
resucitando.
Gracias doy a la desgracia
y a la mano con puñal,
porque me mató tan mal,
y seguí cantando.
Cantando al sol,
como la cigarra,
después de un año
bajo la tierra,
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.
Tantas veces me borraron,
tantas desaparecí,
a mi propio entierro fui,
solo y llorando.
Hice un nudo del pañuelo,
pero me olvidé después
que no era la única vez
y seguí cantando.
Cantando al sol,
como la cigarra,
después de un año
bajo la tierra,
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.
Tantas veces te mataron,
tantas resucitarás
cuántas noches pasarás
desesperando.
Y a la hora del naufragio
y a la de la oscuridad
alguien te rescatará,
para ir cantando.